LA SINAGOGA

ALIMENTACIÓN: HORNOS Y CARNICERÍAS

EL CEMENTERIO: CASA DE ETERNIDAD

En su origen, la judería se vincula con la peña Ayllón, primitivo asentamiento del originario castillo musulmán, en torno a cuyo escarpado cerro, de clara inspiración militar, la población se irá agrupando a modo de anillos concéntricos, desde la segunda mitad del siglo X, momento en el que comenzarían a llegar las primeras familias judías. La tenencia de la fortaleza, ya bajo dominio cristiano, será repercutida como impuesto ordinario entre la comunidad hebrea (400 sueldos anuales).

El conjunto de la judería es bautizado en el verano de 1492 con el nombre Barrionuevo, una vez concluidos los trámites de la expulsión, del mismo modo que en Luesia, Tauste o Sos, perviviendo hoy en día en su callejero. Se vertebra en torno a un eje central que organiza el espacio, conocido por sus habitantes como la carrera mayor. En un segundo rango, confluyendo perpendicularmente, se sitúan los callizos o gallizos, con o sin salida, que cumplen fines diversos (adarves a modo de desagües, conexión con la fortaleza o acceso a las viviendas); constituyen la red radial que comunica la columna vertebral citada. Maquillados por las actuales fachadas, existen todavía restos de esta retícula que comunica con las viviendas desde el interior de la manzana. No obstante, cayeron en desuso a fines del siglo XVI, tal y como se puede apreciar en los patios interiores de las casas nº. 30 y 35 de la calle Barrionuevo.

El barrio es un espacio dotado de una gran personalidad, delimitado mediante portales, que se situaban en ambos extremos de la calle –en la intersección con la calle Roncesvalles y en las proximidades del palacio de Martín el Humano–, así como pequeños trenques laterales en las bifurcaciones que conducen al exterior, los cuales se cerraban por la noche o en caso de peligro (Semana Santa, peste, conflictos armados, etc.). Todavía perdura el arco de medio punto adovelado que emboca en el gallizo de Valero.

Las manzanas se alinean a modo de largas hileras de viviendas poco profundas, adaptándose a las curvas de nivel. El escalonamiento de las parcelas para salvar las pendientes es menor en la margen que linda con el río Riquel. En el gallizo del Herrero se aprecia la típica construcción de vivienda trazada a modo de pasadizo.

Este deseo de aislamiento no siempre obedece a medidas segregacionistas, sino que, como sucede en Sos del Rey Católico en el año 1301, son sus habitantes quienes lo solicitan. Las medidas adoptadas en el siglo XV obedecen a directrices distintas, ya que pretenden separar a los conversos de sus antiguos correligionarios, pero no parece que aquí se dieran, por carecer de familias bautizadas en la Disputa de Tortosa o en las predicaciones de Vicente Ferrer.

Esta introversión todavía es patente si se visita la judería desde el tramo de intersección en que muere la calle Roncesvalles, donde cualquier observador atento experimenta que el universo espacial es distinto al cristiano. El barrio no sólo es parte de la morfología urbana, sino una recreación de las vivencias simbólicas de sus gentes. Después de más de quinientos años mantiene un carácter marginal frente a los ejes culturales, artísticos y económicos que genera la calles de Mediavilla y la Plaza de la Villa, situadas en la ladera opuesta de la formidable fortaleza.

El paisaje urbano es de naturaleza intercalar, pues junto con las viviendas privadas se insertan patios y huertos, así como talleres de curtiduría, necesitados de agua abundante suministrada por el río Riquel, que acota uno de los costados del barrio. La necesidad de garantizar un correcto abastecimiento exige que se prorrateen los gastos generados por la excavación de pozos en la capa freática sobre todos los vecinos, y que se apliquen elevadas sanciones contra los que contaminen con sus vertidos.

Del mismo modo, cada casa cuenta con bodegas, donde se almacena el vino y el aceite. Algunas presentan un zaguán de suelo de losas de piedra o baldosas de barro cocido. Las alcobas se enclavan en la parte noble. La cocina, con un hogar central o lateral, presenta bancos o cadieras corridas. En las construcciones más antiguas no abundan los huecos al exterior, con el fin de ventilar e iluminar, no de observar.

Es llamativo, por otro lado, que un elemento asociado a la vivienda judía, como es la oquedad o hendidura tallada en la parte superior de la jamba derecha de la puerta de entrada, donde se colocaba la mezuzah –pequeño estuche que contiene el texto versificado de la Semah, o profesión de fe del judaísmo–, haya sido sustituida por una cruz en muchos edificios.