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Fuerte valor simbólico, de signo
aragonesista, encierra un acontecimiento que tuvo lugar el 17 de octubre de 1914. En ese día los restos mortales del justicia Mayor Juan de Lanuza fueron trasladados desde la Casa Consistorial hasta el Palacio Provincial, para a continuación ser llevados con toda solemnidad hasta la iglesia de Santa Isabel, donde fueron definitivamente depositados. La prensa diaria local relata pormenorizadamente los actos que se llevaron a cabo en la desapacible mañana de aquel día. La urna con los restos de Lanuza fue conducida a la iglesia de Santa Isabel montada sobre un armón de artillería y escoltada por distintas tropas de la guarnición, disparándose las salvas de rigor y tributándose las mismas honras fúnebres que las previstas por las Ordenanzas Militares para el rango de Capitán General. Al recorrido del cortejo fúnebre puede decirse que asistió el todo Zaragoza, con presencia de un inmenso gentío. Acompañaron a los huesos de Lanuza el Capitán General, el Gobernador Civil, el Arzobispo Soldevilla, las Corporaciones Municipal y Provincial, representantes del clero y de variados órganos, asociaciones y pueblos. Se dejaron ver personas tan populares como el torero El Gallo, quién siguió los actos desde un balcón del Palacio de los Condes del Sobradiel (actual Colegio Notarial). Una vez en el interior de la iglesia, tras el responso, la urna quedó instalada en lugar preferente del presbiterio, sobre una lápida conmemorativa labrada sobre mármol italiano en los talleres de Joaquín Beltrán . Con el cambio de los tiempos la Diputación de Zaragoza ha tenido que asumir directamente el mantenimiento del templo.
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